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LA LECHERA


Johannes Vermeer  es uno de los pintores neerlandeses más reconocidos del arte Barroco.  Sus obras  ayudan a conocer cómo era la vida cotidiana de  Holanda, en sus cuadros están representados todas las clases sociales, desde  campesinos, el ambiente de tabernas, hasta la aristocracia y la burguesía culta y refinada.

 

Vermeer tenia  raíces calvinistas, una religión que se inspiraba en la idea de que todo el mundo es obra de Dios y que, por tanto, todas las cosas merecían ser ensalzadas y representadas.  En sus obras aparecen personas comunes, especialmente mujeres, leyendo, escribiendo o estudiando, escenas que denotan que la sociedad holandesa además de ser próspera económicamente sobresalía por el alto índice de alfabetización. A Vermeer no le interesaba narrar historias, sino provocar la contemplación o reflexión, son historias sin principio ni  final, los personajes  enfrascados en lo que estaban haciendo, sobre todo en sus misivas o en su música, las dos actividades más representadas en sus pinturas. 

 

En su obra “La lechera” la esquina de la habitación esta iluminada por una ventana, una  mujer probablemente una criada,  estaba haciendo su trabajo con la leche de cabra  en un recipiente de barro que descansa sobre una mesa, En esa misma mesa,  hay una cesta de mimbre, varios pedazos de pan y una jarra azulada. El resto de la habitación es bastante austera. La habitación casi desnuda, vacía, apenas alberga un sencillo cesto colgado de una de las paredes. Destacan los sencillos dibujos de los azulejos del fondo de la escena. Parte de las composiciones de Vermeer presentan a la mujer como vehículo para criticar los vicios de la sociedad holandesa de su tiempo, al igual que la mayoría de los pintores de género del Barroco, en la Lechera se presenta mostrando a la mujer como ejemplo de virtudes y como modelo a imitar, la Lechera no sólo destaca por su íntima belleza, sino que además ensalza la labor de la criada, como símbolo de humildad, vertiendo la leche en el cuenco.  La iluminación debe su origen a los maestros italianos del Renacimiento, especialmente la escuela veneciana, y de los seguidores de Rembrandt.

 

Esta pintura consigue unir de un modo magistral dos conceptos que en principio parecen antagónicos: una sensación de monumentalidad y un gran sosiego. La criada se encuentra en su universo particular, en un interior casi desnudo, con la presencia de unos pocos objetos sencillos. El gesto inmortalizado por Vermeer tiene algo de estatua antigua. Está de pie, bañada en luz. El pintor ha utilizado sus colores: el azul y el amarillo, en sorprendente armonía. Los objetos de la mesa constituyen, como tantas veces en Vermeer, una auténtica naturaleza muerta, donde el pintor hace gala de su excelente técnica para la plasmación de lo sencillo, consiguiendo resultados vivos y limpios.


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